Peligro en la red ‘La ballena azul’ no es un juego… Es un delito

 

‘La ballena azul’ no es un juego... Es un delito
  • La investigación sobre el fenómeno se centra en identificar a los creadores y gestores de esos grupos cerrados en las redes
  • Los autores podrían ser acusados de incitación al suicidio, amenazas y coacciones

 

 15/05/2017 01:06 | Actualizado a 15/05/2017 14:28

Un periodista de Radio Free Europe (RFE) simula ser una chica menor de edad. Quiere saber quién y qué hay detrás de La ballena azul. Consigue entrar en uno de los grupos de internet ahora investigados y escribe en su ordenador: “Me gustaría jugar, ¿qué tengo que hacer?”. La persona con la que ha contactado responde: “¿Estás segura? Una vez hayas comenzado no hay manera de dar marcha atrás”.

El periodista camuflado contesta: “Estoy segura, pero, ¿qué significa eso?”. Respuesta: “Pues que no puedes dejar el juego una vez que empieces. Si aceptas, debes asumir las reglas. Realizar las tareas diligentemente, y nadie debe saber lo que estás haciendo. Cuando finalices cada tarea, es necesario que me envíes una foto o vídeo para que pueda comprobar que has pasado cada fase. Y al final del juego, te mueres. ¿Estás lista?”. Una última pregunta: “¿Y si quiero abandonar el juego?”. La conversación acaba: “Tengo toda tu información. Vendrán a por ti”.

Esto no es un juego, es un delito. El cuidador –así se conoce a la persona encargada de dirigir los pasos vía internet de los menores dispuestos a superar los cincuenta retos de La ballena azul–, anima sin disimulo desde el primer momento al suicidio (eso es un delito de inducción) y además coacciona y amenaza cuando la supuesta menor pregunta qué pasará si al final cambia de opinión. El trabajo de este periodista pone al descubierto detalles poco conocidos hasta la fecha sobre el fenómeno: los menores son informados sólo entrar en una de estas macabras páginas del final de la historia y además, una vez dado el paso inicial, son amenazados para que no se echen atrás.

Los Mossos (en Catalunya se investigan seis casos ya denunciados y otros episodios que todavía hay que determinar si encajan con La ballena azul) corroboran esta tesis. “Por lo que sabemos hasta la fecha, al primer contacto con uno de esos cuidadores se les dice ya a esos niños que el último reto que deberán superar es el de morir”, revela el inspector Albert Oliva.

Diferentes investigaciones revelan que los niños ya saben que tendrán que morir cuando inician la lista de retos

Es lo que han descubierto los agentes en las pesquisas iniciales de la investigaciones en curso. De ahí que este inspector clame para que se deje de hablar de “juego” cuando se menta La ballena azul. “Aquí se están cometiendo varios delitos a la vez y cualquier otra definición sobre esta realidad sólo hace que minimizar el problema y dibujarlo como algo mucho menos inofensivo de lo que en verdad es”, añade Albert Oliva.

Las investigaciones policiales se centran en identificar a esos cuidadores, a las personas que ha marcado a esos menores los retos que superar. Esos usuarios de las redes deben saber, recalca el mando de los Mossos, “que su actuación es delictiva y el castigo conlleva penas de prisión”. Así que si alguna persona está pensando ahora, por mimetismo, jugar con este tema y abrir nuevas páginas similares atraída por el éxito que ha despertado el fenómeno entre los más pequeños, ya está avisada.

El perfil de las víctimas está muy bien definido en lo que afecta a edad. Tienen entre 12 y 16 años. Lo que no queda tan claro es qué empuja a esos menores a enrolarse en esa competición de retos –el riesgo aumenta conforme se superan las etapas– sabiendo de antemando que cuando llegue la prueba número cincuenta tendrán que morir. Hay que suicidarse. “Algunos de esos niños pueden tener ya antecedentes por depresión o ideas suicidas, pero también sabemos de casos –lo hemos constatado en nuestra investigación– en los que el menor ha entrado por simple curiosidad en ese mundo, sin que consten antecedentes depresivos o ideas suicidas, y ha quedado atrapado”, advierte el inspector Oliva. Nadie parece estar libre de caer en la trampa.

Las pruebas que hay que superar pueden ser interpretadas como una hoja de ruta que hará más fácil al menor poner fin a su vida

“Si el menor conoce desde el primer momento el final de su aventura, es muy posible, en casos de niñas o niños con ideas suicidas, que acepten superar esos retos como si se tratara de una hoja de ruta que les va a ayudar a comprometerse con la opción de quitarse la vida, y a la vez minimizará las posibilidades de echarse atrás en el último momento”, indica Adrián Triglia, psicólogo y cofundador de la web Psicología y Mente. En lo referente al estado mental de las víctimas, Triglia estima que los menores con depresiones graves serían los menos propicios a caer en la trampa. “En esos casos se trata de personas muy pasivas y con nula capacidad de iniciativa”, considera. Así que el perfil idóneo para caer en la trampa de La ballena azul sería el de niños y niñas “a los que aún les queda energía para embarcarse en un plan como el propuesto con esos retos. Serían personas que acaban de salir de una depresión grave y están en fase de recuperación o que presentan cuadros leves”, augura este psicólogo.

Muchos psicólogos y psiquiatras han empezado a investigar el fenómeno, nacido en Rusia (en ese país se ha detenido a la persona que creó la primera de estas páginas) y extendido ahora por todo el mundo. Resulta prácticamente imposible achacar a la trampa de La ballena azul un número concreto de suicidios. Pero a estas alturas nadie duda del peligro de estas páginas (“hay que prestarles la máxima atención, sin ser alarmistas”, recomienda el inspector de los Mossos Albert Oliva) pensadas para despertar instintos suicidas entre los más pequeños.

El cerebro, después de varios días de retos, acaba por no distinguir entre fantasía y realidad

A la hora de buscar respuestas por parte de los expertos en conducta infantil, destaca la teoría del psicólogo José Luis Rojas. Ha escrito: “El ser humano necesita veintiún días para modificar un hábito, e incluso una creen­cia a nivel inconsciente. Por lo que sin darse cuenta esos niños van perdiendo la distancia que pudieran haber tenido los primeros días del juego, y finalmente el cerebro no distingue entre fantasía y realidad. Hay descargas de dopaminas y adrenalina, y continuar con el desafío perverso produce placer. Esos menores quedan inmersos en un mundo virtual, pero con acciones reales”.

Y concluye Rojas: “El inconsciente es muy obediente, no critica, no pregunta, no reclama, sólo obedece. Y si se machaca un concepto durante más de veintiún días, el inconsciente acepta esto como realidad, y entre el consciente (racionalidad) y el inconsciente (emociones) siempre ganará el último”.

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